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El que opta por la verdad renuncia a recibir el aplauso y la aprobación de muchos: Alberto Linero

“La verdad os hará libres”, esta frase de Jesús de Nazaret expresa el poder que tiene la verdad, desnudando cómo el mentiroso se esclaviza en un intenso ejercicio de memoria, para sostener los embustes que ha dicho.

Bien dice el refranero popular que “más rápido se coge a un mentiroso que a un cojo”. Es que el esfuerzo de un mentiroso por no contradecirse en su propia mentira es mayúsculo y casi siempre infructuoso. En el pensamiento hebreo que encontramos en la Biblia, la verdad se expresa con la imagen de las columnas que sostienen un edificio, con una piedra en la que se puede descansar o que sirve de base para la construcción de una casa; la verdad está relacionada con la fidelidad, la integridad, con la firmeza de la palabra y la capacidad de sostenerla en el tiempo.

El que ha optado por la verdad renuncia a recibir el aplauso y la aprobación de muchos, asume con valor las consecuencias de manifestar lo que molesta y arde a varios, muy seguramente más a los poderosos. La verdad es la fuente de la justicia y la equidad, por eso, el compromiso que ella genera es superior a otros intereses. Ella no puede ser esclava de ideologías ni fanatismos que siempre buscarán someterla y distorsionarla.

En un momento de tantas narrativas que se entrelazan y vuelven menos transparente la vida, de redes en las que algunas máquinas cobran voz para revertir cualquier lógica, en un momento en que el egocentrismo y el egoísmo busca primar por encima de todo se hace necesario que constantemente nos preguntemos: ¿nuestra relación con la verdad es un proceso auto reflexivo? Esto para no caer en la tentación de creer que nosotros sí decimos la verdad y los otros son unos mentirosos. Siempre sabiendo que la verdad, como diría Machado, no es ni tuya ni mía, es nuestra.