¡Ahora lo quiero contar! Tercera y última parte.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca más se ha de pisar”.
Antonio Machado.

Por: Julio Manzur Abdala

A través de estos tres escritos, me he concedido el honor de rendir un homenaje a todos los que, al igual que Wadih Manzur Zaleth, emigraron a tierra Colombiana, desde cualquier lugar del Universo. Caminantes que dejaron su huella al andar por pueblos como Mimbres, en aquel entonces un bello caserío de Ciénaga de Oro, allí se hospedaba en la finca “La Esperanza de Dios”, de su buen amigo Luis Caraballo de la Vega o reposaba y tomaba tinto donde Rosalía Caraballo de Durante, después partía para Punta de Yanes, Corozalito, Las Guamas, Carolina o El Chiquí, a la finca de su amigo entrañable Ignacio Negrete Doria, quién además, fue su soporte en los inicios de su actividad comercial.  Desde joven el corazón de mi padre escribía su historia de aventuras.

Partiendo del Oriente medio, tierra de las Mil y una noches, los libaneses nos trajeron un abrazo Mediterráneo y ayudaron a fomentar ese río de comunicaciones, entre el ayer y el presente de dos continentes distantes, abrieron a través de sus conocimientos y la vía del paladar nuevos caminos de integración logrando que las delicias culinarias árabes sean tan nacionales como el suero, el patacón y la arepa de huevo. Se ha hecho tan colombiano el quibbe, que se presta a este latigazo de humor: una fritanguera de mi pueblo Cereté, en una mesa de fritos, al llegar unos paisanos árabes a comer ese manjar de trigo, cebolla y carne molida, expresó con desenfado: “es tan sabroso el quibbe que hasta a los turcos les gusta”.

Trataré de contar algunas de las muchos historias y anécdotas que le han atribuido al “Turco Wadith”, parcialmente registrados por David Sánchez Juliao, a quién yo le conté parte de los cuentos publicados en su libro Abraham al humor, algunos provienen de la inventiva popular y otros fueron acomodados por mi tío Antonio Negrete Martínez, concuñado dos veces de mi padre, quién gozaba de una vena de humor sorprendente. Su pasatiempo favorito era dejar correr su chispa para crear anécdotas, él, con facilidad, atravesaba ese muro etéreo que separa la realidad de la fantasía, para hacernos reír. En vida de mi papá y aún ya fallecido, muchas veces festejamos, con el estrepitoso sonar de la alegría costeña, esos anécdotas que ahora comparto con ustedes.

Cinco hijos colmaron de felicidad el hogar de mis padres, tres hombres y dos mujeres: Ana Lucía y Marta Elena; ellas lo cuidaron y lo consintieron hasta su último suspiro, mis hermanas eran las que más gozaban con las continuas historias que les contaban mis tíos y sus primos hermanos. Entre tantas ocurrencias, narro su preferida: el mayor de mis hermanos, Jorge Said, médico ginecólogo, (QEPD), en su época de universitario, siempre solicitaba más plata de la que le asignaban para el mes, él inventaba urgencias que mi papá sabía que no eran reales. Un día, después de una de esas extravagantes peticiones, le escribió a Said una carta, que decía así: Mi astimado burrachín, mil “besos” (pesos) la bide mil “besos” le mando para que siga “burrachandose”, le gusta más “la buta” que el suero al “buerco”, yo olí “buta” a los 21 años. Su “badre” que lo quiere, Wadith Manzur.

Cuando estudiaba Medicina Veterinaria en la Universidad Nacional en Bogotá, José Elías, el otro de mis hermanos varones, la moda que se imponía era la del pantalón boca ancha, cinturón ancho con gran hebilla y el pelo largo. Con esa pinta y largo pelo llegó de vacaciones y le tocó pasar por la terraza de la casa donde estábamos sentados en familia, mi padre se quedó mirándolo y exclamó con voz fuerte: “Rusa” ¿cuántas hijas tengo yo? — Mi mamá le dijo: ¿te volviste loco, Wadith, porqué preguntas? — Él repite la misma frase y ella, con asombro, le contestó ¡sabes bien que son dos!. — Mi papá gritó: ¿entonces, esta “jobuta merda”, que pasó por aquí, de quién hija es? Mi hermano escuchó clarito el mensaje. Al día siguiente el peluquero de mi pueblo, cumplió su misión. ¡Eso se llama: respeto!.

Para las fiestas de corraleja de Arache, regaló un día de toros, mis hermanos primos y amigos lo acompañamos a los palcos, íbamos felices, con muchos fajos de billetes de dos pesos para tirarle a los toreros aquella memorable tarde. El primer toro que salió al ruedo era tan manso que se acostó de la flojera, todos nos miramos preocupados, Jorge Negrete y José Miguel Abdala, mis primos hermanos, le preguntaron al tiempo ¿qué le sucede al toro, tío Wadith? — ¡No se “breocupen”, esa es la suberbia que lo está matando!. Las carcajadas inundaron el palco, siempre recordamos esa imaginativa respuesta.
A esa misma fiesta, él había invitado al famoso ganadero Arturo Cumplido, para ver si le podía vender los toros bravos que se lidiaban ese día, aquella oportunidad de negocio no la podía perder, mientras pensaba en el precio que le pediría, salió al ruedo un ejemplar que generó gritos del público, mi papá aprovechó para llamar la atención del invitado de honor: ¡Don Arturo… don Arturo Buntual…don Arturo Buntual! le gritaba, para que viera aquel toro que una y otra vez embestía a los caballos y toreros, en sus ojos brillaba la felicidad. Emilio Negrete, quién parece haber nacido para ser humorista, le tocó el hombro y le dijo en voz baja: ¡tío, tío, no es Puntual, no es Puntual! …es Cumplido, es Arturo Cumplido.
Inmediatamente él contestó en voz alta: ¡Esa es la misma “merda”… “Buntual” que Cumplido!. No le faltaba razón.

En 1971, viajó en compañía de mi madre a su amado Líbano, a su regreso entre las muchas cosas que trajo fueron unos valiosos gobelinos, elaborados a mano en Siria, los cuales adornaban las paredes de nuestra casa. Varias veces le había solicitado a mi mamá que le mandara a fabricar unos forros para los cojines del carro toyota extralargo en el cual se desplazaba. Pasó el tiempo y su orden no se cumplía. Un día cuando el ángel de la guarda que lo acompañó por siempre, mi madre Rosa María, había salido, cogió los gobelinos y se los llevó al talabartero de Cereté, quién le diseñó aquellos forros que terminaron siendo famosos, los cuales, por muchos años le sirvieron de espaldar en su carro ¿Será necesario que les cuente la rabia de mi mamá? ¿Se imaginan lectores, lo que gozamos, con esa historia de la vida real?

En su finca La Ganga, ubicada en Lorica, que había adquirido en sociedad con su primo hermano querido, mi padrino Feliz Manzur, ubicada en la margen izquierda del río Sinú, se le partió la cincha del caballo, se cayó y se dislocó el hombro en forma horrible, inmediatamente dio la orden de enterrar dos postes gruesos y amarrar una vara de mangle en la parte superior, se subió en un asiento, agarró firme la vara con sus dos manos y se dejó caer del asiento sin soltarse, se escuchó el sonido de huesos que traquearon de forma espeluznante hasta regresar a su sitio.  El umbral del dolor, estaba bien escondido.

El 29 de octubre, día de mi nacimiento, montando su caballo piquetero, embriagado más de felicidad que de licor, se metió en el bar “El Champión”. A esa hora, estaban llenas las mesas y ocupados los billares lo que condujo a un desastre total. Mientras hacía sus piruetas a caballo no se oía la música sino el “guapirreo” del público presente sumado al estrepito de sillas, vasos y botellas rotas y la voz fuerte de aquel intrépido jinete, que anunciaba a todo pulmón la llegada de su segundo hijo varón. Ese día pagó la cuenta y terminó borracho con los invitados a esa fiesta improvisada.

Histórico y terrible fue el gran incendio que arrazó la zona del comercio de Cereté, mi papá se subió a la terraza de la casa a contemplar la voracidad de aquellas llamas cercanas, detrás de él iba Antonio María Negrete, quién craneó el siguiente cuento que se expandió al igual que las llamaradas que iluminaban el cielo de mi pueblo.
Al bajar mi tío de la azotea nos contaba que mi papá, de rodillas en el piso, le rogaba a Simón Bolívar diciendo: “Samón Bulivar, Samón Bulivar, salva mi casa”, mi tío con su humor encendido le dijo: compadre Wadith, Bolívar no es un Santo, no es un Santo, es el Libertador, el no puede salvar su casa… mi padre le replicó de inmediato: “ese jobuta de Bulivar salvó cinco naciones, como no va buder salvar mi casa”. ¡Calle la buca cumpadre Toño!.
Mi tío se arrastraba de la risa cuando nos narraba la historia, con su gracia envidiable.

He aquí un anécdota mixto entre la verdad y la genialidad de mis primos hermanos Negrete Abdala: siendo candidato presidencial Luis Carlos Galán, terminó agasajado en la casa de mis padres por una nutrida comitiva, que incluía una banda de música de la región. Al llegar mi papá, mi hermano José Elías, a quién le gustaban los planteamientos de Luis Carlos, los presentó diciéndole que ese era Galán, Galán…el candidato a la presidencia de la República. Para entonces yo era Senador del Partido Conservador y teníamos como candidato a Belisario Betancur, a quién mi padre admiraba. En la noche al acostarse le dijo a mi mamá: “Rusa o Rusa”, como va a triunfar en “bulitica” (política) ese Jobuta hijo mío, tanta “blata” que le he gastado para que ahora venga hacer bulitica con “Bacho (Pacho) el Galán, ese jobuta músico que inventó el borro (porro) y el morrocumbé. ¡Jobuta” carajo!

Abundan historias que todavía recordamos, de ese ser humano que por fuera era fuerte como un toro y por dentro un caramelo, no deseo incluirlas en este escrito, para no hacer más larga la síntesis de la vida de mi padre, al cuál yo vine a terminar de admirar, cuando ya había muerto. Se quedaron en mi corazón muchas cosas por decirle y seguramente en el suyo consejos que no me llegaron, quizás por estar contándonos aquellas historias con las que él nos hipnotizaba. Hoy, con la nostalgia que producen los tiempos idos cuyos frutos del recuerdo no supe cosechar, soy un convencido de que mis padres Wadith y Rosa, con apellidos distintos a su árbol genealógico en el Líbano, sepultados en suelo de Cereté, murieron agradecidos y orgullosos del trato amable y familiar, recibido en esta tierra colombiana que los supo acoger con cariño.

Agosto de 2021.

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