¿Qué importa en la vida?

Por: Jorge Córdova

La lógica del mercado no deja de imponerse, profundiza su incidencia y ya está menoscabando la dignidad y hasta el sentido de la vida de una gran parte de la población que considera que sólo la solvencia financiera es el propósito de nuestra existencia.

El célebre filosofo surcoreano Byung-Chul Han, ha dedicado buena parte de su obra a hablar sobre la sociedad del cansancio y como el ser humano cree equívocamente que explotarse asimismo es la realización que tanto añoraba y que su entorno aplaude como focas. El ser humano ahora es netamente económico.

Si bien es cierto que la teoría nos enseña que el humano es económico desde la necesidad misma de entablar relaciones diferente índole con otros, la referencia actual es que el hombre es económico en el sentido que si todo lo que hace no le genera un rendimiento valorado generalmente, está entrando en un estado de ocio que lo conlleva a la vergüenza propia y social.
El tema va mucho más allá de la vanidad de quienes se autoproclaman emprendedores para hacer creer que ganan dinero gracias a su propio “ingenio” y que no son súbditos de nadie, aunque las finanzas no los acompañen. Estos, no se han dado cuenta que están en posición de sumisión ante una sociedad que galardona las obtenciones sin considerar los medios. ¿Pero es la consecución de bienes y experiencias económicas el designio del ser?

En el antiguo mundo helénico existían tres clases sociales. La aristocracia que se encargaba de gobernar, filosofar, hacer música y poesía; los artesanos que eran los trabajadores y comerciantes y por último los guardianes o militares que cuidaban de todos. La gente que se dedicaba a labores de sudor era vista como seres inferiores que no tenían la capacidad intelectual para ser pensante y regir los destinos de la polis. La aristocracia no era vista como perezosa, sino como la cúspide de la sociedad.

La reseña griega nos puede servir para diferenciar dos conceptos que el mundo contemporáneo asume como uno sólo, el desempleo y la desocupación. No estar empleado por otro o por cuenta propia es muy distinto a considerarse desocupado porque no se estén realizando labores que otorguen moneda de cambio.

Esto no es una oda a la holgazanería, ni siquiera a la bohemia o al romanticismo que despierta en algunos sobrevivir con carencias. Y mucho menos una oposición férrea al trabajo y a las aspiraciones materialistas. Pero sí una reflexión sobre a lo que le estamos dando prioridad irrestricta sin que esto sirva para alcanzar ese opio que llaman felicidad y que se usa de combustible para alcanzar propósitos que no son más que los deseos y pertenencias de otros. Trabajamos por complacer lenguas ajenas y no por la construcción fidedigna del ser.
El suicidio se ha convertido en una opción latente cuando no se logra ser un humano de rendimiento, los casos se están haciendo más frecuentes, pero es un tema que merece unas reflexiones propias.

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