¡Feliz cumpleaños papá!

Por : Constanza Bruno

Homenaje a Álvaro Bruno, único sobreviviente de la dinastía de sastres de Cereté, Córdoba
La Capital del Oro Blanco ha tenido a lo largo de su historia grandiosos sastres, solo uno de ellos ha sido dotado de una facultad especial: coser pantalones y trajes enteros (de saco y corbata) con una sola pierna, la izquierda. A los 17 años le amputaron la derecha. Para entonces en 1960, ya le había picado el bicho de la sastrería. Al año siguiente aprendió el arte de la alta costura usando muletas, luego de que Dionicio Ricardo Pico “El negro Pico” se lo llevara para su sastrería Venus, que funcionaba en casa de Daniel Doria Arteaga, su suegro.

Era tanto el amor por este oficio que lo aprendió mirando a Daniel Martínez coser los pantalones que le encargaban. Es que mi padre todo lo aprendía mirando a otros, me refiero a que cuando aprendió a leer y escribir, lo hizo mirando por entre los calados de la escuela, nunca fue a una de ellas, solo algunos de sus hermanos tuvieron esa oportunidad.

Al mes de estar observando, un domingo en la sastrería hizo su primer pantalón con bolsillo picado y trampolín. “Se lo hice al señor Galindo, ‘El Gallo Mono’, como le conocían en el barrio El Totumo, era el padre del Padre Galindo. Recuerdo que ese pantalón costó en ese entonces un peso y medio. El Negro cobraba un peso con 50 centavos por la hechura de un pantalón, y a nosotros nos pagaba 50 centavos por cada uno”.

El negro Pico lo llevó al Banco de Colombia a abrir la cuenta de ahorros con 5 pesos, sería su primera cuenta de ahorros, su primer empleo casi formal. “Comencé haciendo diariamente un pantalón, después dos, luego 3 y 4. Mientras el Negro trazaba, mis compañeros y yo cosíamos porque había mucha demanda. Figúrese que se acercaban las festividades de la Candelaria y eran las 10 de la noche y todavía estábamos trabajando; no importaba la hora en que cerraban, pero a las 7 de la mañana las puertas de la sastrería se abrían de par en par para atender a los afanados por estrenar. Ya trazaditos, logré sacar diariamente hasta 18 pantalones. Dedicábamos el sábado para hacer ojales porque no había máquina de milar”, rememora papá.

Gris super naval o caqui mono y armada, eran las telas de la época, pedidas a la empresa Coltejer. Mandar hacer un pantalón en sastrería era un lujo que pocos se daban.

Los clientes fueron los García Sánchez y los colegios Marceliano Polo, San Luis Gonzaga, Dolores Garrido, El Rosario, que era la institución del padre de Esteban López Doria, hoy director del Liceo León de Greiff. También confeccionó los pantalones de los estudiantes del colegio público de Varones, de don Guillermo Viola Aguirre y del Lucas Pacioli, bajo la dirección del profe Ciro Solano Portacio.
Del barrio Venus fue trasladada la sastrería al mercado público, que operaba donde hoy se erige el Centro Cultural Raúl Gómez Jattin. “Allí estuvimos hasta 1982 cuando Belisario Betancur ganó la Presidencia de la República. Después de las elecciones, el 10 de abril, enferma y fallece el Negro Pico, a quien por siempre le guardaré agradecimiento, al igual que a sus hijos”.

Daniel Diomedes Martínez Doria, Miguel Martínez Doria y mi padre Álvaro Antonio Bruno Durango, a quienes el Negro Pico les enseñó el arte de alta costura, quedaron al frente de la Sastrería Venus. Allí duraron un año más.

Luego de la muerte del Negro Pico, su esposa Nieves Doria de Ricardo, decidió retirar la sastrería del mercado y la regresó al barrio Venus. Álvaro Bruno se independiza, montando su propia sastrería en su casa en el barrio Santa María. Su primera máquina de coser fue una Singer 15J88, que le costó mil 500 pesos.

Lo que no tenía de pierna derecha le sobraba de inteligencia. Cautivó la clientela del Negro Pico, de la cual se hizo gracias a la estrategia o receta “La medida del favorecido”, que consistía en rifar seis pantalones. Esa rifa la tiraba un día sí y un día no, y así de esa forma hacía los pantalones a la medida de los ganadores. “Por eso me mantuve como sastre independiente en la casa, con la clientela de los ricos del centro porque ellos me complacían comprándome los números de la rifa. En 1982 ya tenía mi maquinita. En mi casa le cosía a don Alfonso Spath, Rafael Soto, Abraham, Alejandro y Julio Sákr e hijos, don Sergio Espinosa, al cachaco Milanés y a toda la gente del Centro. Y les cosía porque ellos se me ganaban las rifas. El valor de cada número era de 5 pesos”.

Mi padre también hacía los uniformes de los equipos de fútbol Santa Fé y Real Madrid , que presidía don Fernando Fernández, propietario del antiguo Almacén Madrid.

Ávido de la sabiduría en sastrería, quiso aprender a hacer sacos y corbatas, adquirió los conocimientos de Guillermo Zurita y Guillermo Viola, sastres del Caballero Colombiano, especializados en vestidos enteros. “Don Guillo me impartió las enseñanzas en su casa cada domingo, día en que descansaba de sus jornadas en la sastrería Caballero Colombiano. “El primer saco que hice fue el saquito de la primera comunión de mi hijo Gerry Rafael a los 7 años, allí está a la vista, conservado”.

También cosió para la sastrería La Popular de Benjamín Méndez Cool, que funcionaba en una casa de tablas, al lado del doctor Milanés, frente al Banco de Colombia, donde Luis Eduardo Herrera tenía el almacén de abarrotes ‘Los Almendros’. En vista de que Méndez Cool tenía pocos oficiales, le ayudábamos con pedidos que tenía que entregar.

En los años 60 mi padre se relacionó con la sastrería Caballero Colombiano gracias a su amistad con Neyla Guzmán, madre de mi entrañable amigo Rafael Chica y sus hermanos Guido y Carlos. “Neyla vivió con nosotros en la casa de mis padres Julio César Bruno y Buenaventura Durango, en Río Mar, al frente del antiguo Condorito en Santa Teresa. En esa casa grande murió mi papá. Para ese entonces Guido Chica heredó de su padre Carlos Chica Avilés, la jefatura de Caballero Colombiano. Allí nos hicimos amigos y por eso yo asistía a esa gran sastrería. Aquí trabajan Guillermo Zurita, Guillermo Viola Aguirre, Benjamín Méndez Cool, Tomás Cuello, Mariano Berdella Puche, Rafael de la Ossa, Eladio Puche y el Nene Cruz, todos ya fallecidos”, recuerda sus nombres con añoranza.

En 1973, diez años después de arduo pedaleo con una sola pierna en su máquina Singer sin motor, luego de ahorrar, viajó a Bogotá a colocarse su primera prótesis. Allí, empezaría una nueva historia como tomador del tiempo en la empresa Sotracor.
La sastrería le dio la casita que le construyó a mi abuela en 1963, año en el que se quemó la Calle del Comercio y con ella todos los establecimientos comerciales, incluyendo la sastrería Caballero Colombiano; en ese mismo año ayudó a fundar el barrio Santa María, pero esta también es otra historia.

“La sastrería también me dejó las relaciones con mis amigos sastres y la admiración que todo el mundo me tiene, conseguí demasiado, lo más valioso, que es el amor de mi pueblo”.
Hoy solo le cose a sus hijos y nietos. Hoy cuida de su esposa Nery Solera Petro. O más bien, ella cuida de él porque queremos tenerlo a nuestro lado por muchos años más.
Gracias papá por ser único. Gracias a Dios por escogerte como mi padre y tenerte con nosotros. Mis hermanos y yo fuimos hecho como esos pantalones que tú hacías, a la medida exacta y estricta de tus valores. Siempre orgullosa de ser la hija del mocho, del sastre, del líder, del caballero, del maestro, del consejero, del solidario, del hombre más humano. Felices 81. ¡Te amo!

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