Mi encuentro con la máquina que hacía bailar las letras

Por Julio Manzur Abdala

Mi amigo y paisano, el periodista Fernando Rivas, me pidió escribir esta crónica. No me pude negar.

Con los ojos abiertos por el asombro, me encontraba aquella mañana contemplando “La máquina que hacía bailar las letras”, como la llamaba el autor de la recordada invitación,  Abdala Saibis Márquez, en ese entonces tan niño como lo era yo.

La historia e instalación de esa estructura de hierro que se mecía con un tac tac rítmico y constante, se remonta al año 1943, cuando un visionario industrial hijo de árabes, Abdala Saibis Sosa, decidió instalar en Cereté, una Imprenta, la cuál es considerada el mejor invento del siglo XV.  Para entonces mi inquieto e inteligente amigo ya sabía que la había inventado un genio nacido en Maguncia, Alemania, Johamnes Gutenberg, inventor de los entonces denominados “Tipos móviles”, los cuáles no eran otra cosa, que las letras del abecedario construidas en plomo. ¡Lo admiré!

Hoy, puedo afirmar, que aquella bailadora de letras, fue uno de los avances mas importantes en la historia de la región y de su desarrollo, en una época en que resultaba casi imposible tener acceso a libros y noticias. Con su instalación nació en Cereté la empresa denominada Lito Editora Sinú.

Abdala Saibis Márquez, era el segundo de los 4 hermanos nacidos del  matrimonio de mis tios Abdala Saibis Sosa y Rosa Márquez.  Lo llamada Abdalita, pese a ser grueso, carnudo y macizo y él me llamó siempre “El Calilla” por lo delgado, éramos la versión más feliz del Gordo y el Flaco. Nos convertimos en hermanos inseparables y protagonistas de travesuras, que por su continuidad nos hacía presa fácil de aquella disciplina árabe de los cinturones de cuero que hoy tanto critican los genios de la educación familiar. ¡ Aprendíamos a la buenas o a las malas!.

De esa edad dorada en que “La ley del cinturón “, se practicaba sin asco,  quiero narrar dos anécdotas de las muchas que abundan en mi memoria, ambas tuvieron el mismo final doloroso-feliz :

1– Como era costumbre, construimos, en el taller que tenía mi padre en el barrio Santa Teresa dos enormes  barriletes, pero existía un problema, no teníamos cuerda para volarlos y se nos ocurrió la idea de buscar en el almacén de telas, que mi mamá tenía cerca al mercado, un par de bolas de hilo calabré. Planeamos a la perfección la estrategia para obtenerlas y tan pronto las dos grandes madejas de hilo estuvieron en nuestras manos, salimos del aquel sitio, como almas que vieron al diablo.

2 — Era costumbre lanzarnos al Caño Bugre, en ese entonces caudaloso y crecido, desde el viejo puente de madera, lo hicimos sin medir el peligro, no teníamos edad para esos menesteres, la acrobacia nos supo a cacho.  ¡Nunca supimos quién fue el sapo que nos vendió!.

La felicidad y el orgullo de ver elevarse y coquetear con el viento los barriletes, y la sensación de volar para besar las aguas del Bugre,  no se puede narrar con simples palabras y menos para este imberbe narrador de historias.  En  ambos casos llegamos abrazados y riéndonos a la casa de Abdalita, donde también quedaba la Imprenta, calle de por medio donde funcionaba  “La planta de hielo” de Migdonio Eljach. Ahí nos esperaba toda la familia, nos bajaron los pantalones, nos arrodillaron en dos esquinas de la sala y cada uno de los presentes, padres, abuelos, tíos, desarrollaron sobre nuestras nalgas, las mías muy escasas por cierto, el gran concierto de la cueromanía. ¿Si les cuento que aquel llanto producto de la flagelación por multiples manos, era una especie de farsa entre el dolor y la alegría, me creen?

Abdalita, con el correr de los años desarrolló el arte de la cocina y cuando yo llegaba de vacaciones me invitaba a comer chuzos y guiso de carnero, su carne preferida, tanto le gustaba ese plato, que le inventé el apodo “El Carnero” al percatarme que, cuando aquellos animales lo veían venir, abrían mas sus grandes ojos y temblaban; no exagero.

El sabor y la alegría con que preparaba esos era un ritual digno de admirar, al hacerlos movía los labios con la mitad de la comisura apretada  dejando escapar una risa única, risa con las que se deleitaba de placer, antes de comerlos, esa risa que llena de nostalgias mis recuerdos.

Hace muchos años  murió mi tío, Abdala,  mi amigo, líder y consultor familiar, quedó dirigiendo su máquina que hacía bailar las letras, él, con su visión e inteligencia desbordada y su amor por ese arte, la modernizó e hizo prosperar ese servicio tan necesario en nuestra sociedad.

Casi sin temor a equivocarme, en cada familia de mi pueblo, ha quedado una gota de sudor producto del trabajo de mi amigo, bien sea porque les llegó una tarjeta de bautismo o matrimonio, una boleta de rifa, un escrito de política o cartel mortuorio…Ahora por cierto, algunos de esos carteles llevan grabado su nombre: Abdala Saibis Márquez, que en el idioma árabe quiere decir: Hijo de Dios.

Hace unos días partió para siempre el hombre de La  Imprenta, ya no volverá a gozar el baile de las letras que tanto amaba. Desde la distancia, porque no pude estar presente le expreso mi pesar a Socorro Espinosa Barguil, su amada y fiel esposa, a su hijo Abdala Manuel, y a sus hijas Leyla y Angela María, a sus hermanos Elisa y Eduardo y a toda esa familia que es nuestra familia.  Hoy, a él, con dolor le digo:  “ma a s-salamati”, adiós, en nuestra lengua paterna, el árabe.

Montería, 4/5/2021

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