Un año de pandemia en Córdoba

En marzo de 2020, la humanidad asistía a un acontecimiento sin precedentes en el último siglo, fuimos sometidos a un aislamiento preventivo de carácter masivo que, nos obligó a refugiarnos en nuestras casas y al mismo tiempo suspender todo tipo de eventos y actividades que implicara concurrencia; ello, significó suspender labores de todo tipo en las escuelas, colegios, universidades, restaurantes, cines, entre otros espacios de asistencia masiva. Nos vimos obligados a buscar refugio para no perecer.

Acontecimiento que no fue generado por razones o motivos humanos; sino por una causa en principio desconocida y que aún sigue siéndolo; a la cual, dieron el nombre de “Covid-19”; un virus altamente letal, y que hasta el momento ha ocasionado la muerte de millones de personas en todo el planeta. Lo anterior, impuso confinamientos obligatorios, cuarentenas prolongadas y, como era de esperarse, el efecto de estas medidas generó un colapso del sistema económico, la pérdida de millones de puestos de trabajo, déficit financiero de los países afectados por el virus, cierre de las fronteras entre Estados, restricción de la movilidad nacional e internacional. Además de esto, se evidenció la fragilidad y vulnerabilidad de las instituciones sociales responsables de hacerle frente a esta crisis de salud pública sin antecedente en la historia reciente; como es el caso del sistema de salud pública.

Esta vulnerabilidad afectó mucho más a los países subdesarrollados; en particular, Latinoamérica, donde el tiempo nos pasó cuenta de cobro por haber privatizado la salud, un servicio público esencial que se convirtió en un negocio de alta rentabilidad; dejando de ser un derecho fundamental. Países como ecuador, Brasil, Bolivia, Paraguay, Perú y Colombia, dan muestra de una política errada en materia de salud pública; lo que significa, no contar con un bienestar social que garantizara mínimas condiciones de subsistencia a la población; lo cual, de acuerdo a la CEPAL (Comisión Económica para América latina y Caribe), representa en Colombia, una pobreza multidimensional del 34.1%; la informalidad en 46%; un desempleo de 17.23% y una caída del PIB de 6.8%.

La característica de esta crisis es que, evidencia una dimensión global y humana sin precedentes en la historia. Siempre hemos hablado de crisis económicas, políticas, sociales, ambientales entre otras; pero, la actual se diferencia de las anteriores debido a que tiene como actor principal al ser humano; cabe señalar que, la especie humana nunca había estado expuesta a un exterminio masivo. Como especie pudimos sobrevivir a las distintas etapas de la cadena evolutiva, con capacidad de adaptación en el constante evolucionar de la vida. Hoy, la humanidad está amenazada y acorralada por un enemigo que no tiene rostro, con quien no podemos dialogar o ponernos de acuerdo para de esa forma evitar su ataque destructivo; pero, contrario a esto, aún habita entre humanos, se hospeda en nuestros cuerpos, en el sistema respiratorio que le permite sobrevivir de manera invisible y letal. Este microscópico, pero persistente enemigo, nos ha causado dolor, tristeza, desolación, ruina; llevándose a seres queridos, amigos y conocidos; todos ellos, con sueños y proyectos, tanto personales como sociales. Este virus, debemos enfrentarlo con inteligencia y capacidad de adaptación a nuevas realidades de tipo social, psicológicas y afectivas impuestas por esta lamentable y real situación que hoy ha cambiado la percepción y comprensión de la vida, que ha generado nuevas formas de comportamiento social, que impuso la virtualidad, anuló los abrazos, los besos, los encuentros grupales, el diálogo cotidiano; es decir, desvinculó, atomizó, individualizó e impuso la mirada y percepción sospechosa entre nuestros semejantes, por temor a que seamos portadores de ese abominable flagelo. Pero, no hay que pasar por alto que, con creatividad y adaptación a estas nuevas realidades y conservando el sentido de lo social y humano nos podemos enfrentar a este enemigo mortal. La mejor forma de enfrentarlo es por medio del trabajo incansable de la ciencia, por comprender el comportamiento del virus, controlarlo e impedir sus embates letales y, una de esas formas es la vacuna; esta, ya empieza a verse con esperanza y optimismo en medio de tanto dolor y sufrimiento. Aunque el virus aún no está controlado, se requiere para impedir su propagación de autorregulación y disciplina social; por eso se aconseja el acatamiento de los protocolos de bioseguridad y de las normas sociales. Esto último ha sido el talón de Aquiles. No hemos asumido un autocuidado responsable; es decir, el cuidado de uno, del otro y de los otros. Por ello, se impuso la cuarentena y aislamiento obligatorio para controlar la propagación del virus e impedir su contagio masivo; con el fin de evitar que colapsaran los centros hospitalarios. Desafortunadamente la indisciplina social ha violado estas medidas. En Colombia vamos de manera irreversible a una tercera ola de contagios; todo esto ocasionado por la indisciplina y falta de conciencia social.

En el caso de Córdoba, la situación ha empeorado de manera dramática, existe una ocupación del 75% de las camas de cuidados intensivos. Es el momento de hacer no solo el llamado al orden y la disciplina social; sino tomar medidas restrictivas desde el punto de vista legal, que impida poner en riesgo la vida. Si no se controla la indisciplina social, esto terminará en una verdadera hecatombe. Sin disciplina social y sin avances de la ciencia en cuanto a control y vacunación; difícilmente podremos derrotar este enemigo que atenta contra la humanidad a nivel mundial.

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