La leyenda de Jorge Oñate en el vallenato

Jorge Oñate es la voz de Nido de amor y Oye tú, canciones que son difíciles de imaginar en otra voz, aunque las hayan grabado después. El cantante que en algún momento se lanzó a la política, la única figura vallenata que además de Escalona recibió un Grammy Latino a la Excelencia Musical -un premio honorífico, fuera de concurso, por su trayectoria-, aquel de quien existe un nutrido anecdotario jocoso, con cuentos que él mismo reconocía como ‘las oñatadas’, murió en la madrugada del domingo 28 de febrero en Medellín.

Durante este tiempo, desde el 18 de enero pasado, el mundo vallenato y el de la música colombiana en general se inundó de muestras de afecto ante la gran figura de la voz vallenata. Hasta estrellas internacionales del género, como Silvestre Dangond, pusieron más que sus oraciones en el deseo común de su recuperación.

Fueron semanas, en las que familiares, seguidores, amigos y el público que escuchó y se enamoró con sus canciones tomó consciencia de las dimensiones de Oñate y su gran legado en el folclor vallenato y su influencia en los rumbos que ha tomado esta música desde los años 60 en adelante.

Los comienzos

Su camino artístico comenzó en 1968, el mismo año que el Festival Vallenato que le debía su gran y esperado homenaje. Nacido en La Paz (César), el 31 de marzo de 1949, Jorge Antonio Oñate González, conocido por muchos como El Jilguero de América o El ruiseñor del César, hizo una carrera de más de cinco décadas de música y algunos paradigmas vallenatos rotos, que a la postre hicieron parte de su gran legado.

A Oñate, que también incursionó en la política, se le atribuye el haber forjado la figura del cantante como estrella del folclor. Antes de él, las estrellas eran los acordeoneros que tocaban, componían y cantaban. Y en consecuencia, eran los intérpretes del acordeón los que ponían su nombre en letras grandes en los discos y los vocalistas aparecían como invitados, en letra más pequeña.

En el mismo Festival Vallenato, Oñate marcó un antes y un después. Antes de que Oñate se subiera a la tarima del Festival de 1972, acompañando con su voz a Miguel López -que por cierto fue rey vallenato ese año-, todos los acordeoneros cantaban, aunque no fuera su fuerte, en la competencia. A partir de ese momento pudieron participar con otra voz, integrada al equipo de acordeón, caja y guacharaca y ganar la competencia.

Aunque hizo una grabación temprana, siendo aún adolescente, con Los Guatapurí, su comienzo oficial como artista profesional lo hizo justamente en el conjunto de Miguel López: Los Hermanos López. Grabó nueve álbumes con ellos, entre 1970 y 1975.

Y de ahí en adelante, a lo largo de las cinco décadas siguientes, se acompañaría de acordeoneros de reconocida trayectoria: Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, Juancho Rois, Raúl ‘El Chiche’ Martínez, Álvaro López, Julián Rojas, Christian Camilo Peña y Fernando Rangel. Los dos últimos se coronaron en el Festival mientras hacían parte de su conjunto musical. Por eso se creó el halo de “hacedor de reyes”.

Con cada uno de estos compañeros de melodías tuvo éxitos entrañables: con Colacho, Ausencia; con Chiche, Nido de amor, y con Juancho Rois, su versión de Alicia adorada, por ejemplo. A la par del éxito, se perfiló como uno de los grandes cantantes del vallenato, los cuatro grandes como él mismo los enumeraba: Diomedes Díaz, Rafael Orozco, su compadre Poncho Zuleta y él, Jorge Oñate.

El carácter de Oñate, como lo recuerdan los acordeoneros que lo acompañaban, era competitivo. Siempre interpretaba lo mejor y era muy exigente con las canciones y, de la misma manera, sabía que se enfrentaba a grandes voces. Eran sus compadres, pero no dejaba de competir con ellos por los números uno y los éxitos.

“¡Tantas cosas me decía!- relata el rey de reyes vallenato Álvaro López, al recordar los 12 años juntos-. Repetía: ‘Al enemigo hay que vencerlo en las tarimas, vamos con todo, vamos a grabar porque hay que salir en diciembre’. Siempre salíamos en diciembre porque en ese mes salía Diomedes Díaz en Fiesta vallenata y salían El Binomio y Los Betos. Entonces repetía: ‘Tenemos que arroparlos a ellos, hacer buenas canciones para que perduremos y estemos en los primeros lugares”.

Y después de muchos homenajes, pasando por el trofeo honorífico del Grammy Latino, Oñate se había preparado el año pasado para darlo todo en el Festival Vallenato. Había esperado mucho por ese tributo: cuando en el 2018, el Festival Vallenato anunció que el gran homenajeado sería Carlos Vives, el público saltó a gritar su nombre y el de figuras como Alfredo Gutiérrez. No porque Vives dejara de merecerlo, sino porque Oñate había sido primero. Al fin y al cabo, se trataba del Festival número 50, el que había nacido a la par con su carrera.

El gran homenaje pendiente

En ese momento, el Jilguero de América calmaba los ánimos así: “De pronto el público, como ya le hicieron el homenaje a mi compadre Poncho, esperaba que el siguiente homenaje fuera para mí, o para Alfredo o para Beto Zabaleta o para Iván Villazón. Pero el Festival es autónomo. Los miembros de la Fundación Festival Vallenato se reúnen y escogen al que creen más conveniente y hay que aceptar que el homenaje es para Vives”.

Quizás lo que dolía era que el Festival había anunciado en voz, quizás demasiada alta, que no haría más homenajes. Algo que cumplió solo en el 2019, cuando se sintió el vacío de tal manera, que decidieron dedicarle a Oñate su festival del 2020.

Y el Ruiseñor del César se preparó: había confirmado su presencia en todos los eventos posibles, había grabado incluso un álbum con los reyes vallenatos que habían grabado con él en estas décadas, además claro, de su acordeonero oficial: Javier Matta -aspirante a la corona-, y había organizado una “convención de oñatistas” para la ocasión. Pero la pandemia del covid-19 lo truncó todo.

Con el aplazamiento del Festival 2020 -que a la postre se hizo a finales de septiembre-, el homenaje a Oñate quedó para otro año, cuando Valledupar pudiera festejar a Oñate como se lo merecía, con las fiestas en todo su esplendor. Pero el 2021 comenzó con la incertidumbre de las nuevas cuarentenas, cancelaciones como la del Carnaval de Barranquilla y Oñate cayó enfermo y fue internado en el Instituto Cardiovascular del César, por una afección respiratoria, que después de varias pruebas resultó ser covid-19.

Oñate en sus propias palabras:

¿Cómo se invirtió el protagonismo entre acordeonero y cantante?

Antes, los acordeoneros eran la única figura: Juancho Polo, Alejo, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Julio de la Ossa, Calixto Ochoa. Componían, cantaban y tocaban el acordeón. En cualquier momento, a mí se me da por cantar. Llegué en unas vacaciones con unos amigos míos, cuando llegaba al pueblo empezaba a parrandear. Hice una parranda con Miguel López y la gente empezó a escucharme.

Miguel López no era el que iba a grabar conmigo primero, era Emilianito, pero de pronto se arrepintió. Digo que mi compadre Poncho, tú sabes que es un hombre agradable, con sus habilidades de pronto evitó que Emiliano grabara conmigo. Entonces, Miguel López un día fue enfermo a Bogotá y se lo presenté a Gabriel Muñoz, que era el director artístico de CBS y a Santander Díaz. Tocamos seis temas y ellos me llamaron aparte y me dijeron firme. Miguel nunca cantó, así que firmamos, pero cantante y acordeonero por aparte. Ahí se parte en dos esa historia.

Yo creo que sirvió, porque salieron Poncho y Emilianito, Rafael Orozco e Israel Romero, Diomedes y Colacho, parejas vallenatas, porque antes el acordeonero hacía todo.

¿Cómo fue su etapa con Los Hermanos López?

Empecé con Miguel López, con los Hermanos López. Con ellos grabamos Tiempos de la cometa, Amor sensible: “Tanto te quiero que pienso sin saber lo que he pensado (…) nos acariciamos y luego solo sé que yo te amo…” Con Miguel grabamos tantos éxitos. Fueron como seis años, hicimos 9 álbumes.

¿Cómo se dio la transición a su propio conjunto?

A mí me llamó CBS para que acompañara a Emilianito (Zuleta), en una separación de mi compadre Poncho y Pocho grababa con Colacho. Emiliano duró un año y medio sin trabajar y me llamó su esposa, que es mi prima: “Ombe, graba con Emiliano a ver si graba un disco”. Y grabamos Mujer conforme y La parranda y la mujer. Fue un éxito. Entonces, Poncho llamó en cualquier momento a Emiliano y volvieron. Por hacer eso yo, de grabar con Emiliano, viene la separación. A los López parece que no les gustó. Se encelaron, no entraron a diálogo ni nada. Entonces, Emiliano y yo empezamos a tocar en un mes de julio, hicimos 32 bailes y como se fue con Poncho, me quedaron varios bailes firmados. Terminé tocándolos con Colacho (Mendoza). Pero no hubo nada de disgusto con los López, ellos eran gente sana, muy buena. Solo se resistieron y yo me dije: Tengo que seguir mi carrera.

¿Cuándo se dio cuenta de que le hacían esos cuentos?

Me vine a enterar hace pocos años. A veces son verdad, otras veces, le pasan a otros como a mi compadre Poncho y dicen que fui yo. Pero esos cuentos no se los inventan a cualquiera: que la gente diga: Oñate dijo esto y esto es importante porque el nombre figura.

Volviendo a las grandes voces clásicas del vallenato. ¿Cómo era la relación entre ustedes? ¿Rivalizaban?

De Diomedes se decía que yo tenía un enfrentamiento con él y él conmigo. Pero éramos amigos, hermanos todos. Poncho es mi gran hermano. Diomedes era lo más grande de la grandeza. Perdimos una figura muy grande. Fui el intérprete de seis canciones suyas.

¿Y Rafael Orozco?

Rafael Orozco era un príncipe. Grande, amigo y hermano. En esos cuatro que hemos nombrado está el vallenato. Los cantantes más grandes de la historia: Poncho, Diomedes, Rafael Orozco y Jorge Oñate. Para que los superen, tiene que abrirse la tierra. Así te lo digo, nacen muchos, pero a los cinco años están desapareciendo. Lo bueno es quedar en la historia y en el vallenato es así -lo digo, ojalá si herir las susceptibilidades de otros-. Beto Zabaleta es muy bueno, viene de la escuela de Poncho. Iván Villazón es de la escuela mía y de Pocho. Silvio Brito es grande en su canto…

¿Qué cosas debe recuperar el vallenato para seguir brillando?

A los nuevos los admiro, pero las canciones no tienen poesía. Las letras son como acomodadas. Son canciones que no tienen romanticismo, no tienen poesía. No van a quedar jamás en la historia. No quiero herir a nadie, repito, pero estoy diciendo una verdad. El vallenato tenía letras que tenían poesía y música y el acordeón lo que hace es la melodía. Entonces, quedaban en la mente y el corazón de la gente. Pero creo que el vallenato en cualquier momento vuelve a coger mercado. Ya está pasando. Nosotros lanzamos esto en plataformas, en redes sociales y es un éxito. Tenía que ser así, porque Dios no puede permitir que el vallenato vaya a desaparecer.

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