Secuestro, hoy como siempre, delito execrable 

 

Por Julio Manzur Abdala

Ex senador de la República 

Fue un 9 de octubre de 1974, cuando recibí la llamada más dolorosa de mi juventud, ese día me había levantado con el pie derecho en el suelo, un soberbio guayabo recorría mi cuerpo y el aliento de los tragos inundó mis sentidos, había dormido muy pocas horas pero el deber de ser agricultor me obligaba a levantarme bien temprano, un largo baño me acabó de despertar y luego de vestirme me trasladé a la pista aérea de fumigación, propiedad de mi familia en las goteras de Cereté.

La sonrisa de mi gran amigo, el Capitán Triana y sus brazos abiertos que semejaban una alfombra roja para mi ánimo me dieron la bienvenida.
— Capitán, mi capitán, aquí estoy listo para iniciar la fumigación le dije una vez me bajé del vehículo, le saludé con un despliegue de aprecio al tiempo que lo invitaba a que iniciáramos el trabajo muy temprano esa mañana, digo iniciáramos — porque aquel día fui igual de atrevido e irresponsable que el capitán Triana, ya que a los pocos minutos me encontraba compartiendo el pequeño asiento del avión para adelantar la tarea de fumigar los lotes de algodón; volábamos entre risas y cuentos con la felicidad de estar imitando a los pájaros que extendiendo sus alas se elevaban entre el verde de los algodonales, sabiendo de antemano que debía soportar las piruetas y diabluras de aquel piloto loco, que amaba el peligro. Entre el miedo y el placer compartido me fui a dormir esa noche.

Traigo a colación ese anécdota porque unas horas después estaría suplantando el nombre del Capitán Alcibiades Triana, en la ciudad de Bogotá.

A las 5: 30 de la mañana, mi sueño fue interrumpido por la voz amorosa de mi madre que me llamaba sin deseos de despertar a su hijo a tan temprana hora, pero ella intuía con ese sentimiento y no sexto sentido de madre, que la llamada que había recibido en el teléfono de mi casa, era importante. Te llama tu primo Emilio de Bogotá…hizo una pausa y terminó diciendo, parece urgente y dice que quiere hablar contigo, por eso te despierto.

Alo?…— La voz inconfundible, gruesa y varonil de mi primo hermano, me disparó a boca e’ jarro la noticia: secuestraron a José Elias, vente para Bogotá, urgente, ya! –
Quedé petrificado, las nubes del sueño se evaporaron en un santiamén, luego de un silencio doloroso alcancé a preguntar, ¿Donde, cómo?  En la Universidad Nacional,  saliendo de clases, no uses tu propio nombre, saben todo acerca de la familia, tampoco te bajes en el apartamento,   no le digas a nadie. Emilio era una ametralladora disparando balas que lastimaban… terminó diciendo, fue lo primero que advirtieron los secuestradores, si deseamos ver a Jose con vida, ah, y cambia el nombre, registrate con otro; — cuando me permitió hablar le dije con voz vacilante — me haré pasar por el Capitan Triana, y el contestó,  perfecto, espero tu llamada. No estoy seguro de haber colgado aquel teléfono, mi vida había dado un salto al vacío y era profundo, no alcanzaba su fin, me acababa de enterar que el execrable crimen del secuestro, había tocado las fibras del de mi familia.
La voz de Rosa, mi bella madre, me hizo aterrizar, -¿Qué le pasó a mi hijo, qué le pasó? Nada madre, le contesté nada.
– Yo quiero hablar con él, llámalo, llámalo, insistía-.  Durmió donde un amigo y no sé su teléfono, tiene exámenes finales de grado, no te preocupes, está bien, me oí decir, pero ella implacable me perseguía…

Esa mañana tomé el vuelo de Avianca que me llevó a Bogotá, en el aire, para hacer peor mi sufrimiento, traje a mi memoria dos famosos recuerdos de secuestros, ocurridos con una semana de diferencia en abril de 1965, el de Harold Eder,  famoso industrial y agricultor del Valle del Cauca — mi otra tierra de ensueño — dueño del Ingenio Manuelita y poseedor de enormes extensiones de caña y, el de Oliverio Lara,  dueño de la inmensa hacienda “Larandia” en el Caquetá; ambos secuestrados, los dos asesinados miserablemente, el primero por las FARC,  quien recibió un tiro de gracia por alias “El Conejo” y, el segundo secuestrado por su trabajador y vilmente asesinado de un certero machetazo, buscando no hacer ruido, era el silencio de los culpables; el misterio de su muerte perseveró en el tiempo por 5 años, lo que le dio mayor trascendencia a la impactante noticia. A pesar de que deseaba declarar desterrados esos lúgubres pensamientos de mi mente, ellos persistían y me herían mas hondo. Conocía muy poco sobre el secuestro de mi hermano, a quién no quería imaginar en estado de postración, intimidado, amordazado, privado de su libertad; esos grotescos pensamientos hicieron eterno el vuelo, amargo en mi silencio y soledad a pesar de que aquél vuelo se encontraba lleno de pasajeros.

Desde mi habitación del hotel Tequendama llamé a mi primo y le dije: Emilio, le habla el capitán Triana…un segundo después escuche su voz de trueno diciéndome, “qué capitán Triana ni qué capitán Triana, ni qué carajo, ya los secuestradores llamaron diciéndome que sabían que el hermano había llegado y se alojaba en la habitación 617 del hotel Tequendama. Vente para acá inmediatamente, saben todo, estoy muerto de miedo, vente.

Me enteré de los acontecimientos al llegar al apartamento, donde me esperaban mis primos Emilio Negrete Abdala y Juan Gossaín Abdala, tan atortolados e incrédulos como estaba yo, el escenario era lo más parecido a un velorio sin cadáver.  Con la angustia marcada en los rostros, cansados de cavilar nos acostamos y a las tres de la mañana volvimos a saber de los secuestradores, el teléfono sonó con tenebroso ruido, una voz distorsionada se escuchó diciendo, “Emilio, Emilio, por la libertad de los oprimidos, vida o muerte… si quieren ver a José Elias vivo, no le comenten a las autoridades” y colgó, lo que sentimos ese instante era la mamá de la impotencia.
Esa miserable voz la escuchábamos cada día a la misma hora, día tras día, implacable, dolorosa, con seguridad para debilitar nuestros espíritus, para ablandar los bolsillos y para jugar con nuestro angustia.

El humor en medio de la adversidad, es una fuente de cerveza fría en la mitad del Sahara y no podía faltar en nuestras conversaciones, solo así podíamos mitigar la zozobra, las ocurrencias llegaban y se iban rompiendo los largos silencios que seguían a las amenazas.

Una mañana solicitamos prueba de vida, algo que solo mi hermano y yo supiéramos, y nos llegó este mensaje de parte de él, “no vendo más vacas horras”, la alegría que me produjo aquél extraño mensaje para los demás presentes, me hizo saltar de emoción, mis primos y Alvaro Abisambra, un gran amigo de la familia quién estuvo siempre acompañándonos en esos largos días, no entendían nada de aquel mensaje y tuve que explicar que me habían regalado una novilla extraordinaria y mi hermano que era estudiante avanzado de Medicina Veterinaria la había palpado, y su escueto veredicto fue: esa vaca está horra, yo, que soñaba con la excelente cría, decepcionado, la vendí.  Aquella bella novilla cuando salió de la finca, parió en el camión que la transportaba, nunca pensé que un acto que me causó en su momento entre risa e ira, se convirtiera tiempo después en un motivo de felicidad.

Por fin, después de uno de esos tétricos diálogos con los secuestradores, llegó la petición: Emilio, Emilio…por a libertad de los oprimidos…vida o muerte, tres millones de pesos vivo, dos millones de pesos castrado, un millón de pesos muerto… colgaron. Ah, hijos de la gran…

Ahí supimos la verdadera razón del secuestro y, pudimos sentir el sabor amargo que produce ese doloroso crimen, que ofende a la familia y a la sociedad.

La llamada a mi casa fue inmediata, con ellos hablábamos a través de señales y frases torpes, que después del secuestro se convirtieron en burla y recreación, por si acaso tenían intervenidos los teléfonos las conversaciones sostenidas, por lo ridículo de su contenido de película mala, arrancan carcajadas entre nosotros cuando evocamos esa historia.

Mi primo José Miguel Abdala contestó el teléfono esa mañana desde Cereté y le informó a mi papa: tío, le dijo con voz solemne y arrugada, tres millones vivo, dos millones castrado, un millón muerto…a lo que mi padre exclamó: yo “nuvillo” no lo quiero. ¡Jobutas carajo!

Más tarde, y ya más tranquilo mi papá, por saber que era un tema económico, le dijo a José Miguel, llame a Emilio y diga que lo “nugocie” como se “nugocia” un burro, a lo que éste le preguntó,  -¿Cómo tío? – Como se nugocia un burro JoséMiguel,, se pide bastante y se termina “cumprándolo” barato.  No sé si tengo que contar aquí las veces que hemos reído contando ese anécdota.

Misael Pastrana, presidente en ese entonces, impartió una orden severa a los agentes del servicio secreto, a quiénes habíamos acudido en busca de ayuda, por ningún motivo permitan que se pague la extorsión y ellos estaban dispuestos a cumplir lo que nos parecía una terrible orden, o dicho en otras palabras, la orden de ejecución para mi hermano. Lo que nunca se imaginaron Chepito Corredor, como llamábamos coloquialmente al jefe de la investigación de la Sijin y los demás agentes, era que la malicia árabe, jugaba a nuestro favor y, encontramos la forma de sacar la plata del banco y pagarle a los secuestradores. Hoy, disfrutamos del acierto en nuestro proceder.

Catorce días después del secuestro y un día después de haber pagado por la libertad de mi hermano, la felicidad de amigos y familiares inundó el universo de nuestras vidas, la eliminación de una montaña de pesados fardos nos permitió volver a dormir tranquilos, los abrazos soñados se habían hecho realidad, la libertad de mi hermano era una realidad, las lagrimas cubrían las mejillas…

Dos días después, con el acompañamiento de la voz magistral de Pedro Garcia y su conjunto vallenato, apaciguamos el dolor y la rabia reprimida, la voz del amigo apagaba la tristeza y encendía las lámparas de la felicidad, entre abrazos y besos la noche murió y el sol de Bogotá nos acompañó hasta terminar la parranda, como nunca había sentido ese sol tan radiante.

De nuestro regreso a Cereté , se puede escribir otra memoria, un pueblo alborotado y dichoso celebró la llegada y los recuerdos de la recepción y las parrandas nos llevan a evocar a un gran amigo, sus discursos y sus salidas y caídas, al gran Julio Sakr, aquel fue su escenario y vertió ahí, todo el contenido de su felicidad, igual que Julio, estaban cientos de amigos quienes festejaban nuestro triunfal regreso.

Después de esos horrendos días de padecimiento familiar y social, pensábamos que el historial de los secuestros podía terminar, pero parecía la historia del gallo capón, esos secuestros eran apenas uno de los primeros partos de dolor patrio, pues una avalancha de extorsiones estremecería los cimientos del territorio, la desventura de sus reportes zarandeó cruelmente la nación, esos delitos constituían la angustia y el dolor diario en el corazón, destruyendo a la familia y la sociedad, echó ancla por muchos años a lo largo y ancho del territorio colombiano, fuimos carne da cañón de las FARC, muchos secuestrados siguieron la ruta de Eder y Harold y reposan sus cuerpos en los bosques del país, sin una oración y sin ser sepultados en su mayoría; otros lograron contar su odisea de dolor e infamia, aún hoy, el esperpento del secuestro sigue cobrando vidas, la palabra para calificarlo es: execrable.

Esta narración sale a la luz cómo homenaje sentido por el secuestro y la muerte del médico FABIO HERNANDEZ SALOM, secuestrado en Sincelejo y aún insepulto, infamia monstruosa que sigue acumulando desdicha en el alma de los colombianos, esa dolorosa noticia llena de tristeza el sacrificado mundo de la medicina, a sus familiares, amigos, al pueblo de Sucre y a todos los que amamos y anhelamos la paz.  El terror no nos da tiempo para decir perdónalos Señor… llora el Caribe y desde acá, elevo una plegaria para que Dios lo lleve a su Gloria.

EPILOGO

Cuando fue secuestrado en Cuba, por orden de Fidel Castro, el piloto Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón de la Fórmula Uno,  secuestro que solo duró 26 horas por la fuerte reacción y presión internacional, el dictador, arrepentido de su inmoral acto, condenó el hecho infame y, en una de sus entrevistas expresó, “Un secuestro es un secuestro, cualquiera que sea su duración o pretendida justificación”.     Esa no es una frase para enmarcar, es una frase que debe servir para alertar a la sociedad, el peligro nos acecha.

Montería – Febrero 2021.

In Memorian.

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