#Opinión La Protesta Social no es Gratis

En los últimos meses hemos presenciado múltiples protestas sociales, donde sus focos de iniciación varían según el inconformismo de quienes la convocan. Estas movilizaciones no deben llevarnos a destrozarnos las vestiduras, sino a analizarla, y ojalá también a entenderla.

Y claro, hay que aprender a diferenciar la protesta de los actos vandálicos que se hacen por parte de desadaptados, que en su gran mayoría son atizados y financiados por movimientos que al día de hoy no han sido plenamente identificados, pero, que finalmente la deslegitiman. Ella, me refiero a la protesta social que nuestra Constitución avala y garantiza, era esperable una vez el foco de la opinión pública se desplazó del conflicto armado hacia otras prioridades ocultas por décadas.

La protesta social expresa el descontento de una gran parte del país con las políticas económicas, sociales y ambientales que nos gobiernan; como también con la poca efectividad de las políticas que deberían poner fin a la corrupción y a la masacre de líderes sociales.

Aunque este tema de protestas no es nuevo, y el descontento con los gobiernos es de hace décadas, he podido observar que ahora las nuevas expresiones de protesta son muy similares a las pasadas, pero la barbarie ha aumentado; donde la tecnología ha jugado un papel fundamental.

Tiempo atrás, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), era el organismo de análisis más importante del continente, con una narrativa de cambio y un profundo impacto en la población de estudiantes de Ciencias Sociales. Fue la época en que se pregonaba el modelo denominado “desarrollo hacia adentro”, de Raúl Prebish, actualizada luego con el “Capitalismo Periférico”, y que incluía propuestas de reforma agraria, industrialización, sustitución de importaciones y desarrollo productivo dirigido por el Estado.

La Cepal hoy está deteriorada y los motivos de protesta social persisten y van en aumento. Alicia Bárcena, la secretaria ejecutiva de esta corporación, opina que todas las estrategias de desarrollo implementadas en la región fracasaron o están agotadas.

La situación del país me lleva a compartir la postura de la tesis simplista de un crecimiento económico que asegure que el desarrollo es insostenible (Eduardo Gudynas). Por ello, los problemas siguen sin solucionar, la informalidad de empleo va en aumento; la innovación, equidad e industrialización, caminan a paso de tortuga.

Ningún gobierno ha logrado resarcir el vacío que la corrupción y desigualdad han provocado en el país. Cada día se destapa un nuevo y bochornoso escándalo de corrupción, donde la clase menos favorecida es, como siempre, la más atropellada. Esto y muchas cosas más, han sido lo que ha provocado el efecto de una olla a presión que reventó, y que su manera de mostrarse es en el descontento y en las multitudinarias marchas que vive el país en los últimos meses. Las protestas sociales y los actos vandálicos no vienen gratis, no nacen del capricho de unos cuantos; los gobiernos y la clase política han hecho suficiente para que este país arda.

Hoy más que nunca, es necesario replantear la fórmula tradicional de medir el desarrollo para responder al descontento social, y proponer el comercio global como palanca del crecimiento. También es necesario cambiar nuestra forma de comunicarnos; trabajar más los temas de educación, calidad y tecnología; entender la revolución digital y volcarse de lleno a atender los temas sicológicos que tanto afectan a la niñez. El Estado debe actuar de manera transparente y de cara a la ciudadanía para que la sociedad salga de la ignorancia del manejo de los recursos, y así, acabar con la brecha social que nos divide.

Javier Araújo Morelos.

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