La belleza político – electoral

Para los aspirantes políticos, esos que buscan la ovación popular con fines electorales, para ellos hoy somos los ciudadanos más bellos que jamás hayan visto.

En estos tiempos las personas del pueblo, las de a pie, las que tienen cédula y son como la carne magra electoral, son las más inteligentes, bellas e íntegras, así nos hacen sentir quienes se perfilan como futuros mandatarios. En nuestra bitácora de elogios no cabe un piropo más.

Los candidatos a cargos públicos por elección popular se toman la tarea de subirnos el ego, de hacernos sentir importantes e indispensables. Ellos, los aspirantes, ya tienen la sonrisa programada y el que no sonría pa’ la foto es hombre muerto, así les dicen los expertos en marketing político y los gerentes de campaña cuando les dan clases de etiqueta, o los que han hecho un buen aporte económico para su proyecto.

Dice un dicho que al perro no lo capan dos veces, bueno, eso es ciertamente falso. Siempre damos papaya, y es que en este tiempo de política a uno lo capan una y otra vez, y si no tienes güevas te las ponen y te capan.

Pero, los avivatos que hoy nos endulzan el oído, en su mayoría tienen cuentas pendientes con la justicia, pero ellos se esconden bajo la cortina de que son perseguidos políticos, alegan que son víctimas de cierta oposición y que nada tiene que ver con sus ganas de servir, otro cuento más para engordar marranos. Aun cuando conocemos el entramado de corrupción en el que andan estas personas, o sabemos que han heredado esta peste corrupta, nos hacemos los de la vista gorda porque nos conviene, o nos da tanto miedo que preferimos no hablar y, mucho menos, mencionar nombres y así pasar la fiesta encueros, o decir “el Innombrable”, como hacen en mi pueblo Cereté cuando no se atreven a decir el nombre de alguien poderoso y con fama de intimidante: “Capos”.

Para sacarnos ese valioso votico, los candidatos, con tal de atrapar simpatizantes, son capaces de prestar plata, servirnos de fiador, dormir en nuestras casas y hasta hacer nuestros oficios diarios. Los aspirantes políticos caen en la rutina de prometer y prometer para meternos en su película y, después, cuando ya tienen el voto de todas las personas con las que tuvieron contacto, se olvidan de ellas y no cumplen lo prometido.
El escudo de estos faranduleros de la política es nuestra gran capacidad de olvidar. En épocas electorales como la que se nos viene encima, no solo somos contribuyentes de oficios, sino que aportamos económicamente una suma muy gruesa, porque caemos en la fascinación de hacerle todo más fácil a los políticos y es cuando comenzamos a regalar nuestro trabajo diario, aportamos bienes que duramente hemos adquirido, ahorrándole mucho dinero a las campañas, que muy seguramente se reportó como gastado y ni usted ni yo vimos un peso.

En el mercado público, en los parques, en la radio, y hasta en las redes sociales, estos personajes arman su púlpito para desangrarse en su discurso político lleno de saliva, pero ausente de toda confianza. En cada discurso vuelven a repetir frases como “seré un policía más”, “velaré por los derechos de los más pobres”, las mismas que cada época electoral se repiten y que nosotros celebramos y creemos como si el alzhéimer llegase y nos hiciera olvidar que toda esta parafernalia es la misma carreta de siempre. Palabras, palabras, pura paja y paja a nombre de la democracia.

La costumbre del tamal, el bulto de cemento, el eternit, el billete, y hasta el licor, están a la orden del día y es el recurso de enamoramiento del político con la gente. Todo esto para embolatarnos y jugar con la necesidad, porque ellos, que serán los más privilegiados, ven venir ‘mermelada’ en forma de contratos, nombramientos, cualquier forma oportuna de sacar plata. No hay favor gratis en política.
Mi estimado, recuerde que el abrazo y la sonrisa más sincera está en su hogar y no en alguien que solo aparece en tiempo de campaña, que usted es bonito siendo feo y no es necesario llegar al piropo interesado de un político para que usted se sienta simpático. El tamal, el licor y el billete que reciba de esos políticos se acaban, y su condición de escasez viene con más fuerza. Camine con propiedad, siéntase dueño de su opinión y esté seguro que no es tan bonito ni es tan agradable como los políticos quieren hacerle sentir, pero es lo suficientemente capaz de salir adelante y tomar las mejores decisiones.
Dios bendito, que todo sea por la democracia y por hablar de la realidad que nos envuelve. A mí esta columna me dejó claro que debo seguir en esta posición, incomodando con mis notas a quienes se acomodan con el bienestar de otros, y aunque tal vez sea “el periodista medio güevo”, como alguien me dijo, no callaré ante situaciones tan evidentes y descaradas, aquellas que los periodistas de güevo completo se callan.

Javier Araújo Morelos
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