Cereté salió a fandanguear

Por Rafael Chica Guzmán

Fotos: Alcaldía de Cereté – Chicanoticias

Las arrugas en su rostro dicen que tiene más de 80 años, pero a la medianoche de este sábado 25 de enero, en la calle del barrio Venus, a orillas del caño Bugre en Cereté,  su alegría no reflejaba esa edad.

Esta es una de las imágenes que más me impactó durante el fandango que vivió Cereté.  La abuela con un bailotear lento, pero alegre, guapirreaba una y otra vez, mientras daba la vuelta en la rueda del fandango agarrando un mazo de vela en su mano izquierda.

No tenía asomo de dolencias propias de su edad, no le importaba que llevara parejo propio, pues sus parejos eran todos los que guapirreaban para que ella respondiera. Su rostro no solo lo iluminaba la luz de las velas, sino la alegría que sentía en el corazón.

En otra Rueda del fandango una joven de no más de 17 años tenía como gorro en su cabeza, una gruesa capa de esperma que había caído de las velas que alzaba en una de sus manos.

A su lado, otra jovencita con vestido de fandanguera tenía el brazo lleno de esperma derramada caliente por las velas que su parejo le había entregado para dar vueltas y vueltas alrededor de la banda juvenil de Manguelito.

Unos padres de familia no se cambiaban por nadie dando vueltas a la banda 2 de Febrero en compañía de sus tres hijos: “hey Chica, graba, graba, mira, aquí están nuestros hijos, estamos bailando con ellos, que cosa de linda nojada”, me gritó el padre.

Pasadas las diez de la noche vi desfilar hacía las salidas a vendedores de chuzo, naranja, mango biche, butifarras, empanadas y me acerqué a preguntarles para donde iban: “Es que ya vendimos todo lo que trajimos, la verdad que no pensé que esto iba a quedar tan bueno”.

En la rueda más grande Ruby Chagui, senadora de la República del partido Centro Democrático, sin escoltas a su lado, movía sus caderas y  hombros llena de frenesí.  En el ambiente se sentía el aroma de su perfume fino que se confundía con el olor proveniente de las axilas del “Purruchá”,  que baila en la misma rueda y acompañaba la banda con su guacharaca.  Ricos y pobres, poderosos y pueblo se fundían en un solo ambiente, alrededor de la rueda del fandango.

La gestora social Ruby Spath no descansó un instante. Al mismo ritmo gozó las bandas en el fandango y las canciones de Juan Piña que confesó en tarima que en todos sus años que tiene de estar amenizando fiestas en distintos pueblos de Colombia, nunca había visto a poderosos y pueblo, revueltos en medio de una misma fiesta sin peleas ni enfrentamientos.

Fue tan bueno el fandango con sus doce ruedas, como el concierto con la orquesta de Juan Piña. Gozó tanto la abuela de más de 80 años, quizás recordando sus mejores años en los fandangos de la plaza de Santa Teresa, como mis amigas Rocio Fajardo y Esther Espitía, a quienes vi de cerca bailar y bailar la música de Juan Piña como en aquellas épocas del Reinado Nacional del Algodón, en que deslizaban sus piernas por la pista del Club Campestre de Cereté.

Sin lugar a dudas fue una noche inolvidable y todo estuvo ejemplar: Las cantinas con sus sillas a la orilla del caño Bugre, bien organizadas. Las diez tarimas con sus bandas haciendo las ruedas de fandango. Dos bandas sin tarima también acompañaron al público asistente. Las casas aledañas al caño Bugre, albergaron en sus terrazas familiares y amigos que llegaron de distintas partes a ver cómo era eso del fandango más grande del mundo.  El público fue ejemplar, no hubo peleas y  a las 12 de la noche, cuando las bandas silenciaron sus clarinetes, trompetas, bombos, bombardinos y redoblantes, nadie protestó, nadie discutió. Jóvenes y adultos se sentaron en la calle, algunos sacaron las sillas de sus casas, todos comentaba lo bueno que había quedado la fiesta, y  al comenzar a sonar la orquesta de Juan Piña todos se aglomeraron en la tarima para disfrutar  en el amanecer.

La fiesta fue buena para los que la gozaron pero también para los que la trabajaron. Los músicos tenían rato de no ganar plata tocando en su tierra. Los cantineros debieron surtir sus negocios hasta tres veces. Los cuida carros me contaron que la noche les dejó entre trescientos y quinientos mil pesos.

La otra imagen que me impactó la noche del sábado en Cereté, fue ver al Alcalde Elber Chagui manejando su carro, iba solo con los vidrios abajo y de pronto se detuvo por el sector del Centro Cultural, por donde venden los jugos,  a orillas del Caño Bugre, donde un grupo de jóvenes vestidos de fandangueros posaban para una Selfie. Los miró, los detalló y volvió la mirada a la vía para continuar, su rostro estaba iluminado por una gran sonrisa, se notaba una gran felicidad, leí que en su cara decía:  valió la pena.

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