Cuando la anorexia y la bulimia también afectan a los niños

Pueden presentarse en menores que todavía no llegan a la adolescencia. El origen del problema puede estar en sus padres, situación que entorpece la detección temprana de los síntomas.

Primer caso: una niña de 12 años quiere tener las caderas definidas como su cantante favorita, por lo que está dispuesta a dejar de comer ciertos alimentos que su mamá dice que engordan.

Segundo caso: un niño de 10 años está tan obsesionado con estar flaco, que escupe su propia saliva, porque dice que se engorda si la traga.

Tercero: una vez termina de almorzar, otro niño se encierra en el baño y, a los diez minutos, vuelve a salir. Cualquiera que abra la puerta y entre, notará el intenso olor a ambientador, el ruido del sanitario recién desocupado, el lavamanos salpicado más de la cuenta.

Decir que un comportamiento es señal de un trastorno de la alimentación no es primicia. Lo nuevo es sufrirlo en edades insospechadas. En un mundo ideal, la vida de un niño de 13 años se debería resumir en jugar, ir al colegio, ver televisión, entretenerse con videojuegos, disfrutar la compañía de amigos. “En la adolescencia se presentan la mayoría de síntomas de anorexia, bulimia y trastorno por atracones, pero hay una porción de menores de 13 años que se están enfermando. Sus casos los llamamos trastornos de alimentación prepuberales”, explica Maritza Rodríguez, psiquiatra del Programa Equilibrio.

Al consultorio de la psicóloga Jenny Hernández llega una niña que cuando se mira en el espejo se ve pasada de kilos. Su supuesto aumento de peso la incomoda al punto de tornar insoportable habitar su propio cuerpo. A los ojos de cualquiera, es una menor a punto de cumplir 12, cuyas únicas preocupaciones tendrían que ser por un dolor en la rodilla que no la dejó jugar básquetbol o una gripa fuerte que le impidió ir al cumpleaños de una amiga. “Ella tiene una distorsión de la imagen corporal. No es delgada, pero tampoco está encima del peso recomendado. Su pretensión es clara: quiere desarrollar una cintura definida, de modelo, por eso dejó de comer y empezó a recurrir a consejos en páginas de Internet”, explica Hernández.

‘Ana y Mía’ es uno de los retos que se han viralizado por redes sociales y Whatsapp. Sirve para bajar kilos en pocos días, a través de pruebas que incluyen comer hielo, vomitar y abstenerse de comer por largas horas. Entre 2017 y 2018, ‘Ana y Mía’ fue popular en adolescentes de Colombia, México y Argentina. El último diciembre, una mujer en Cali llamó la atención sobre los mensajes que descubrió en el dispositivo de su hija. “No comía porque decía que no estaba conforme con su cuerpo, empezó a usar ropa oscura y sacos. Cuando ingería algo, iba a vomitar”, confesó la madre, que prefirió omitir su nombre.

Además de ‘Ana y Mía’, existen aplicaciones como ‘10 kilos en 1 semana’, a la que cualquier persona con celular y conexión puede acceder sin restricción. Mucha de esa información está en manos de la paciente de la psicóloga Hernández, la niña que al verse al espejo ve a una persona excedida de peso.

Aquí cabe hacerse la pregunta ¿qué es más fácil: conseguir comida chatarra o una dieta que asegure perder peso en pocos días? Sin embargo, la información rápida y el culto por los cuerpos delgados, sin grasa, no son la raíz del problema. Para que un niño o una niña sufran de anorexia, bulimia o trastorno por atracones debe haber otros elementos que permitan su evolución. “No hay un solo gen que los cause, hay múltiples genes que interactuando con el ambiente incrementan el riesgo. Dicha sumatoria de genes se llama heredabilidad, tenemos que consultarnos cuántas de esas mamás y papás de enfermos tienen problemas de alimentación que nunca han sido tratados o, si han sido tratados, no han sido resueltos. Sus hijos e hijas ya vienen con una apuesta hacia un modelamiento de comportamiento frente a la comida, el peso y la belleza”, dice Maritza Rodríguez.

Para la psicóloga clínica Juanita Gempeler, también influyen los rasgos de personalidad de los infantes. Cuando son obsesivos y rígidos, de los que dicen que la única manera de comerse las papas es si son de determinada marca, pueden llegar a sufrir de algún tipo de patología relacionada con la alimentación. “Aunque uno no puede decir que todas las dietas enfermen, a las personas que tienen un trastorno de alimentación las caracteriza algo: por su cuenta han comenzado una dieta. Hacer planes de comida extremos, que no han sido recomendados por un profesional, es un desencadenante muy claro”, dice la investigadora.

El rol de los padres

La niña que busca dietas riesgosas en páginas de Internet no se come las onces en el colegio. Se las regala a sus amigos de clase, que no terminan de entender por qué lo hace si son deliciosos los quesos pera y el jamón de pavo. Algunas de sus compañeras le dicen que el día que esté flaca podrá hacerles compañía, mientras tanto no.

La psicóloga Jenny Hernández hurga en la historia de esa niña para encontrar pistas que le serán de ayuda para iniciar un tratamiento. En consulta descubre que sus preocupaciones en realidad son las de la mamá, cuya relación con la comida es conflictiva. La ha escuchado decir varias veces “esto tiene azúcar”, “la leche debe ser deslactosada para poderla consumir”, “la pizza y la hamburguesa son venenos, porque engordan”. Su discurso es repetitivo y satanizante, es parte del paisaje narrativo de la casa. Evidentemente, su hija ha procesado dicha información.

La cultura de los hábitos saludables llegó para quedarse y, la mayoría de veces, es un acierto para educar a los hijos. Es mejor para el cuerpo, para la economía familiar y para las finanzas del Estado que sus ciudadanos sepan que comer caramelos en exceso es perjudicial, que el jugo se toma sin azúcar y que la ingesta de fritos aumenta los niveles de colesterol. No obstante, “la cultura fit puede malinterpretarse y convertirse en una obsesión. Si la mujer o el hombre sienten que no puede comer si no está seguro de que la lechuga es orgánica, marcan una agenda restrictiva. Volvemos al punto de antes, eso en manos de una persona con rasgos obsesivos se lleva al extremo”, dice Maritza Rodríguez.

A pesar de que un niño esté educado con hábitos nutritivos y tenga una relación saludable con la comida, no escapa a los gustos de sus compañeros de colegio, de sus primos, a la publicidad agresiva de la comida y bebidas azucaradas. Basta con asomarse a las máquinas expendedoras y al menú que ofrecen las instituciones educativas para hacerse una idea de la dimensión del reto de saber comer sin caer en la culpa y la recriminación. “Hemos caído en la trampa de asumir la salud como un proyecto individual. Es limitada la autonomía que tiene una persona para adoptar un hábito. Si queremos propiciar prácticas saludables, es perentorio cambiar los contextos que nos rodean y entender que no solo se trata de comportamientos individuales, sino de prácticas sociales que exigen un compromiso muy fuerte del Estado”, sostiene Luis Eduardo Gómez, especialista en salud social y preventiva, y profesor de la Universidad Javeriana.

En esa medida, a la hora de determinar el tratamiento para un niño, “es importante saber el curso de la problemática, cómo es el vínculo del niño con los padres, los compañeros de colegio y después hacer un plan en conjunto con un pediatra. Se debe trabajar psicoeducación con los padres, para que entiendan de qué manera deben tratar a su hijo, que deben hablarle de determinada manera, sin reprenderlo cuando tenga comportamientos asociados al trastorno”, dice Jenny Hernández, especialista en trastornos de conducta alimentaria.

Queda servida en la mesa la respuesta a la pregunta ¿qué es más fácil: conseguir comida chatarra o una dieta que asegure perder peso en pocos días? Mientras se toman medidas gubernamentales que provoquen modificaciones estructurales, las familias quedan a merced de sus propias decisiones. Una verdadera educación alimentaria debe nacer en los adultos y transmitirse a los niños, porque, así como es de cómodo pedir una hamburguesa en combo y descargar una dieta milagrosa, también el acceso a información médica está disponible. La cuestión está en hacerle el quite al inmediatismo y consultar con profesionales que estudien cada caso.

Consejos para tener en cuenta:

1. La formación nace en el ejemplo de lo que ves en casa. De los 7 a los 12 años puedes formar criterios saludables. Si conociste las frutas, las verduras, el pollo, el pescado y la carne, de alguna manera vas a mantener esa tendencia. Pero si lo que conociste fueron los fritos, las malas combinaciones de comida, la culpa y las dietas de choque, seguramente siempre vas a tener una relación tóxica con la alimentación.

2. El dulce es muy malo. Si logras que un niño no te pruebe azúcar hasta los 5 años, ya no va a buscarla más adelante. Lo único que logra el dulce es satisfacer un placer puntual de las papilas gustativas, no ejerce ningún beneficio en tu sistema.

3. La hamburguesa se convierte en comida chatarra cuando la acompañas con salsas, papas y tocineta. No obstante, es un gusto que se puede dar esporádicamente, siempre que tengas normativas de salud claras.

4. La norma es simple y aplica para todas las edades: si quieres pizza, cómetela, ya sabes que el precio que debes pagar es desayunar con fruta al otro día.

Vía ElEspectador.co

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